La fuerza perezosa (Anna F.)

A mí, no me importan los deportes. No entiendo por qué alguien jugaría fútbol, béisbol o baloncesto para “meter goles,” “ganar puntos” o lo que sea. Estar afuera, sudando un río durante el partido de una hora y media no me fascina. Además, hay personas que participan en los deportes hasta que se gradúen de la universidad, y no entiendo el motivo, de ninguna manera. Los deportes te fuerzan hacer algo, moverse del sofá, y usar energía preciosa que el cuerpo requiere para hacer tarea, cocinar, o manejar al mercado. Y eso no me gusta. Prefiero yo la comodidad de la casa, el sentido sin igual de mirar al techo nudo y no pensar en el ejercicio. Tengo veinte años y nunca he experimentado estos sentimientos que se dice son efectos de la actividad física; estoy contenta con la falta de endorfinas en la sangre. He oído que te hacen feliz—¡qué horroroso! El concepto del “equipo” también es algo que no agradezco. Diez personas o más llevan la misma ropa, pero se identifican por los números: ¡Rehúso ser reducido a un solo dígito! Los deportes, en mi opinión, tiene tanta importancia como el apéndice: ninguna.

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